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Hace tres meses se murió mi abuelita. Fue una muerte inesperada, porque a pesar de que tenía 85 años, estaba bien de salud y nadie se imaginaba que pasaría tan pronto. Murió una noche de agosto, y el día anterior había recibido la bonita noticia de que había nacido su duodécimo bisnieto... O sea, fue una muerte en plena vida. Y a pesar de que fue un golpe duro para todos nosotros, pienso que por partes es mejor irse así, todavía en medio de todo, muy viva, con planes y actividades. Creo que en el momento no tuvo miedo, ni entendió que se iba a morir.
Mi abuelita deja a una gran familia: dos hermanos, ocho hijos (entre ellos mi papá), veintidos nietos y doce bisnietos. Más, por supuesto, todos los esposos de mis tios/as y primos/as, que le querían mucho, al igual que todos los amigos y amigas de mi abuelita.
Al escribir esto se me hace un nudo en la garganta, tengo ganas de llorar. Le extraño más de lo que pensaba que le iba a extrañar, es imposible imaginarse el vacío que deja una persona querida. Saber que nunca más oiré su voz, nunca más le abrazaré... Es a veces difícil acostumbrarse.
La noche que murió mi abuelita le vi a mi papá llorar por primera vez en mi vida. Me sentí tan impotente ante esas lágrimas, tan inútil. Porque el perder la máma de uno es algo tan triste, tan triste... Y no le pude ayudar.
Con la muerte de mi abuelita también se acaba una época en mi vida y en la vida de mi familia. Ella era la última de mis abuelitos, ya no tengo familia de esa generación. Para mi familia de parte de mi papá, ella siempre ha sido el centro de todo, era en su casa que nos reuníamos cada navidad, fue a ella a quien le llamábamos al saber alguna noticia, triste o alegre. Deja un vacío imposible de llenar y me pregunto, ¿qué será ahora?
Abuelita, te extraño.
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